jueves, 5 de enero de 2017

¿Qué hice yo?


¿Qué hice yo para merecer esto? Me pregunto entre suspiros mientras siento sin ánimos sobre mi rostro el ardor del alba de un nuevo día, la desdicha del atardecer, y la melancolía de la noche, en la cual camino sin rumbo alguno sosteniendo una botella de algún licor barato que un desventurado como yo me entrego, poco a poco avanzo hacia una tímida luz en un farol olvidado, y miro fijamente aquella enclenque botella, puedo ver entre risas de ironía que la botella no tiene etiqueta alguna, y me vuelvo a preguntar mientras la bebo sin vacilar
¿Qué hice yo para merecer esto?
Arrojo la botella lleno de ira, pues esta no me ha ayudado, ya que ella no sale de mis ojos, no parte de mi mente, no arranca de mi corazón, solo se queda allí, cómoda en mi dolor, la siento aun con pesar danzar sobre mí, su cuerpo de tono perfecto iluminaba incluso el rincón más oscuro de mi alma, solo ella podía extirpar sonrisas de mi vaga presencia en esta vida, solo ella podía ayudarme a saber lo que era amar, solo ella me daba motivos para caminar entre los tumultos sobrio y sin reclamar, ella era el único elixir que necesitaba para descansar, junto a ella el alcohol ya no era una opción, ella era quien me embriagaba, ¡y quien me hacía sentir el verdadero amor!
 ¡Maldita sea! ―Grito con desesperación ¡Estúpido de mí! ―Grito una vez más, pero esta vez lleno de resignación, ¡Ella era todo lo que necesitaba! y aun así… sucumbí a la tentación, era inevitable que ella lo supiera, como ninguna otra en mi vida, ella podía leerme como si tuviera en mi rostro una guía, jamás supe como lo hacía, jamás me lo cuestione, era su secreto, y hasta allí dure… ella lo supo, tomo sus cosas y se marchó, no vi lágrimas en sus ojos, pero escuche sus gritos de frustración, ella lo sabía todo, y yo no lo negué, no tenía sentido, ya era tarde y no había nada que hacer, ahora me arrepiento, y no sé qué hacer, el licor ya no me embriaga y la muerte me es esquiva, aunque me desnude y me arroje al mar, este me devuelve, como si quisiera que yo sufriera sin piedad, ni siquiera me enfermo, como si ya estuviera muerto, pero triste, sé que tal no es mi fortuna, sigo vivo, aquí sufriendo y preguntandome como un tonto lleno de cinismo…
¿Qué hice yo para merecer esto?


lunes, 2 de enero de 2017

Amada enemiga


En mi mundo, me advierto al vino, pues entre el o ella y yo, habrá una guerra sin igual, una en la que no habrá ganadores, sino más bien, puros perdedores, ella o el morirá, caerá en combate, su sangre derramara, yo la beberé, pues es mi enemiga aquella botella de obscuro color. Noche tras noche he de luchar, y de este modo, cada noche seré un enemigo singular, cada noche quedare destruido y vencido por mi par, aquel vino que sin sexo puede ir a donde quiera sin pensar, oh amado enemigo ¿qué sería mi vida sin tu castigo? Tal vez no más que miseria en sobriedad, aquella que detesto, hasta que te abrazo y de ella no sé más, pero no me mal intérpretes, pues, aunque te amé eres mi enemiga y de eso jamás debes dudar, pues me destruyes, y me quitas la vida día tras día sin parar, porque, aunque a algunos se enojen, esa es la vida que elijo disfrutar, una vida llena de batallas y nada de sobriedad, una vida que es solo vida, si la miras con mis ojos antes de llorar, pues después de mis lágrimas, solo queda obscuridad.